Crisis de cambio de década

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Por Lic. Lila Isacovich*

Suele ocurrir que los números redondos -aquellos que nos marcan un cambio de década- traigan consigo algunos interrogantes, miradas retrospectivas que no siempre llegan a ser crisis, pero que no pasan desapercibidas. En particular los 40, cargaron con el peso del término crisis. ¿Si actualmente se pospuso más allá de esa edad? Es constatable que hay una prolongación de ciertos momentos vitales que quizá incida en que ahora aparezca un poco más tarde, siempre teniendo en cuenta que nunca es igual en todos los casos.

Sospecho que antes se pretendían algunos logros para determinadas edades y ahora esos mismos mojones se han ido desplazando, por ejemplo, la llegada de los hijos. Hay una aceptación social para una madre primeriza a los 40; se asume que hasta ese momento la mujer pudo estar más concentrada en una carrera profesional, o también en establecerse en una relación de pareja. Hay un permiso para probar, cambiar, degustar, separarse, intentar experiencias que antes no se concebía, y todo eso lleva más tiempo. De manera que alguien de 40 años puede estar muy entretenido en llevar adelante cosas que en otra época se tenían por consolidadas a esa altura de la vida.

Las crisis de cambio de década se dan tanto en hombres como mujeres. La diferencia es por un lado el famoso “reloj biológico” que presiona a la mujer respecto a la maternidad y no tanto al hombre, que puede tomarse aún más tiempo y además no necesariamente tener el deseo de ser padre.

Sin embargo, en el campo profesional daría la impresión de que los tiempos, al contrario, se acortaron. Ahora a los 40 hay posiciones para las que ya pasó el cuarto de hora, y se consideran descartables quienes han logrado acumular experiencia y trayectoria en alguna especialidad. De modo que a veces, las crisis se adelantan en esos casos, bastante extendidos.

Seguramente para muchos los 30, los 40 o los 50 no representen momentos críticos si consideran que todo marchó bien, si están contentos con la vida que llevan, si las cosas se dieron más o menos lo esperable. Y para otros sea lo contrario: el tiempo se les vino encima y los sorprendió con todo por hacer o arrepentidos de lo hecho, insatisfechos en algunos o en muchos aspectos. Como en todas las “crisis”, proceder con uno al modo de un libro contable -como lo hace el mercado- con el debe y el haber, nos lleva a lo peor: considerarnos a nosotros mismos como el resultado de esa operación de sustracción. Es decir, un resto, la diferencia entre un valor y otro. Ahí ya no cuenta tanto si el número es positivo o negativo, sino el hecho de hacernos objeto de ese cálculo y apreciarnos según ese resultado. Así, dejamos de lado o directamente anulamos nuestro deseo y sus avatares siempre zigzagueantes y por eso mismo tentadores.

No es raro enterarse de que hasta los más jóvenes -chicos de entre 10 y 20 años – tampoco quieran cumplir años y no deseen crecer, incluso porque piensan que la edad que tienen es la mejor y van a perder sus beneficios o temen asumir otras responsabilidades. Si hasta los niños saben muy bien que el paso del tiempo conduce inexorablemente a la muerte, cómo suponer que tanto a jóvenes, adultos o personas mayores el cambiar de década no los confronte con la angustia por la finitud, y no solo la propia, sino la del otro, que a veces es aún más traumática

*Directora del Área Asistencial de la FUNDACIÓN BUENOS AIRES

Más información:

www.fundacionbsas.org.ar

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